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Liscano, Carlos
Biografía

Carlos Liscano (Montevideo, 1949) es autor de varios volúmenes de cuentos y poesía, y de tres novelas. La primera de éstas, La mansión del tirano, fue escrita en la cárcel hacia 1981. Inédita en España, es un libro esencial de la literatura rioplatense de la segunda mitad del siglo. Experimental, emancipada de cánones y géneros, ardua, La mansión del tirano es a Liscano lo que La vida breve a su compatriota Onetti. Vale decir (amén de libro fundacional de las obras respectivas), es la inauguración abrupta de la escritura que desde la primera letra proclama su derecho a ser consciente de todo, pero que también desde el principio debe reconocer que esa proclama es ilusoria, utópica. El lenguaje, un verbo, un nombre, una mera letra, en cuanto se escriben desencadenan un destino que el escritor (ese pequeño tirano) es incapaz de dominar. En La mansión del tirano, Hans, su protagonista, descubre que la única empresa digna es la de vivir. También adivina que vivir no es sinónimo de conocer, y que saber eso "era su Ítaca". Ítaca terrible la de ese Hans, consistente en saber que aún a ciegas, debe seguir luchando.


El camino a Ítaca, última novela de Liscano, retoma ese motivo de Ítaca como la desilusión a que se arriba luego de un oscuro viaje. La trama ocurre entre Estocolmo y Barcelona durante 1991 y 1992. Vladimir, el protagonista, viaja en esa realidad de mapa y calendario, pero también lo hace en sueños. Y, como en ciertos relatos de Onetti, son en el fondo esos sueños los que marcan, tenuemente o a fuego, según se mire, la vida de Vladimir. Él se retuerce rabiosamente entre los hilos de su biografía, a veces también se cansa y abandona. Otra vez se rebela, vuelve a la carga, y nuevamente se abandona. Entretanto, va intuyendo en sueños su destino, su Ítaca. La intuye, no la conoce. Lo único que sabe es que debe seguir. Viviendo.


La mansión del tirano ignoraba los géneros. Ahora Liscano intenta amoldarse a la forma de la novela, con principio, nudo y desenlace. Una misma voz, la de Vladimir, narra sus peripecias en una sociedad más o menos caótica en la que no logra integrarse. “El camino a Ítaca” es un libro poderoso, virulento con razón, triste con más razón, escrito con un estilo ágil y oral que quienes sepan leer atribuirán a una disciplina rigurosa y a un sutil sentido de la medida y el tono. Lo desmedido no está en el estilo de la prosa, sino allí donde tiene que estar: en el odio y la sordidez de un Onetti, en la perplejidad de un Antonio Di Benedetto, en la inmoralidad de un Celine, en la honestidad de un Filiberto Hernandez. Pero esto es apenas poner nombres conocidos a lo nuevo y desconocido. El camino a Ítaca no puede tener sino un parangón, y son las otras obras de Liscano, inhallables en España y que ojalá los editores nos sigan permitiendo conocer.

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El camino a Ítaca


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